21 marzo 2011

Se acaban las bolsas del té. Los posos de café en los que leer futuros que nunca llegan. Las ganas, siempre al borde. Es tiempo de cobardes. Susurra el viento, pegando la tela de la falda contra mis piernas. El blanco de los días me golpea en el vientre. Duele. Y a veces la respiración es tan difícil de contener como de expulsar. Todo ese aire varado entre tu cuerpo y el mío. Todo ese alcohol, que pretendo convertir en muro y se queda en gasa, inútil cuando se trata de frenar la sangre. Hubo un tiempo. Y una casa. Hubo un hogar. Recuerdo orillas que llegaban hasta la bañera. Juegos de azar que se convertían en batidas de campo ¿A dónde quiero llegar? Dicen las madres que lejos, siempre lejos, para que no seas como yo. Y pienso si de verdad es tan malo ser como uno mismo. Qué cuantos unos mismos hay en el mundo. Y pienso en los padres que nunca dicen nada. Escondidos, siempre, de la sentimentalidad. Y pienso, si todas estas imágenes son verdad, qué es la verdad, dónde se esconde mi verdad, en si algún día la encontraré. Y a veces, sin quererlo, él se cuela en mi mente. Y pienso en de quién sería el último brazo que acarició, si le dolió, en quién pensó, si tuvo tiempo de rezar, o de jurar, de hacer las paces, de llorar. Y se cuelan melodías, blues de parqué, y el sol, durante un rato pequeño que basta para llevarme por otros rumbos que pesan menos.