04 diciembre 2008

La cárcel

El pasillo es infinito, los pasos resuenan, no cesan. Las luces tiritan y amarillean las paredes desconchadas, esto que cuento no es nuevo, pero tampoco es un dèjavu. Hay cerrojos que se descorren, arrastrando el peso del óxido, de las manos que los calentaron durante milésimas de segundo. Las puertas de acero remachadas con clavos ardientes cumplen su función a la perfección, sólo el silencio aterrador es capaz de deslizarse por sus ranuras, el silencio y algún quejido. Nadie sabe y nadie quiere saber, las cosas como están, siempre fueron bien. Y así, noche tras noche, llanto tras llanto, la luna se esconde y el sol arde.